"El General Juan"
 

General Juan Carrasco

Juan Carrasco, Caballero de la Lealtad
"El General Juan"
“La Muerte del Caballero de la Lealtad”
Martín Luis Guzmán habla de Juan Carrasco
“El General Humano”
“Carrasco Figura Non”
"El General Juan"
 
El año de 1912 fue testigo de la gran escisión entre los revolucionarios maderistas. Pascual Orozco y Emiliano Zapata lanzaron su reto al gobierno del señor Madero, y aunque si bien es cierto que la revuelta del primero de ellos no tubo resonancia en los sinaloenses, la del caudillo morelense si encontró adeptos, que mas que por postulados se levantaron para cometer toda clase de fechorías. En Sinaloa, el voto popular había llevado a la gobernatura del Prof. José Rentaría, veterano de las guerras de Reforma, de la intervención y contra el imperio, y si bien era hombre honrado y de gran energía, aparte de su avanzada edad se hacia notar por su terquedad y obstinación, por lo que se gano la animadversión de muchos revolucionarios, entre ellas la don Justo Tirado.

El alzamiento de los zapatistas obligo al gobernador a refugiarse en Mazatlán, y aprovechando esta oportunidad, Tirado decidió atacar esa plaza. En la aventura fue acompañado por Juan Carrasco, quien lo siguió contra su voluntad, ya que encontrándose dedicado al trabajo, se negaba a secundar la rebelión, y fue necesario que su compadre le enviara varias embajadas para quebrantar la resistencia que venia poniendo. El asalto al puerto fue un éxito redondo para los levantados, ya que tomaron la plaza, haciendo que Rentería se embarcara en el cañonero Guerrero mas que deprisa; pero para Carrasco, la aventura fue bastante pesada ya que en un tris estuvo de perder la vida. El barco de guerra arriba dicho estaba disparando metralla por el lado del puente Juárez, que era el rumbo por done Juan había entrado, y de pronto uno de los proyectiles estallo muy cerca de su caballo. A pesar de que Carrasco era un consumado jinete, no pudo controlar el animal, que lo botó de la silla y lo arrastro unos 30 m. fue encontrado todavía con un pedazo de riendas en las manos, fracturas en un brazo y varios golpes considerables en el cuerpo. Estuvo hospitalizado algún tiempo, y tras de recuperarse, regreso al El potrero para dedicarse de nuevo a sus labores sin ser molestado, ya que don Justo se havia justificado ante el presidente Madero expresándole que el ataque a Mazatlán no había encerrado nada en contra el gobierno federal, sino que se llevo en contra del gobierno de Rentería; así, Carrasco pudo continuar al frente de su grupo armado para resguardar la tranquilidad de los habitantes de la zona.

Al consumarse la traición de Victoriano Huerta, se iniciaron las persecuciones contra de los maderistas, y entre los señalados se contó a Juan. Se encontraba esté en Mazatlán, cuando le dieron la noticia, por lo que inmediatamente retornó a El Potrero para ponerse a la defensiva, sin fiarse de la actitud de las autoridades, que para atraérselo le ofrecieron cargos. Carrasco rechazo rotundamente los ofrecimientos, no solo por convicciones, sino por ser un ranchero muy ladino que no caía fácilmente en una trampa.

La inconformidad del pueblo mexicano se fue poniendo de manifiesto, y la gente empezó a presentarse en El Potrero para ponerse alas órdenes de Carrasco, quien ya contaba con bastantes hombres y tenia como subalternos a Angel Flores, Juan Osuna, Ernesto Damy y otros. En el norte del estado la rebelión no se hizo esperar, así que Juan empezó a movilizarse, poniendo en jaque a los federales, para luego marchar hacia estación San Blas donde esperaba encontrar al Gral. Iturbe. Al no hallarlo inicio el regreso al sur, y sobre la marcha sostuvo algunas acciones en la región de Sinaloa y Badiraguato, que le valieron el grado de coronel, y por petición suya se nombro teniente coronel a Flores. Ya de nuevo en el sur, el 1° de octubre de 1913 inicio el asedio a Mazatlán; el día 6 tomo por asalto la plaza de Villa Unión, para luego sufrir un revés, ya que el día 12 en que estuvo combatiendo desde Palos Prietos hasta El Potrero, sufrió 60 bajas y la perdida de acémilas, parque y dinamita. Pero esto no lo desanimó y pronto derroto a los huertistas en El Potrero y Puerta de las Canoas, y al siguiente día los volvió a derrotar, haciéndolos regresar a Mazatlán. En noviembre llevo a efecto un nuevo ataque al puerto, llagando hasta Loma Atravesada, reducto infranqueable que los hizo volver a sus posiciones.

La llegada de don Venustiano Carranza a Sinaloa registro un suceso en el que el hombre de El Potrero jugo el papel mas importante. Don Felipe Riveros, gobernador constitucional del estado, electo popularmente, tenía fuertes ligas políticas y de amistad con don José María Maytorena, gobernador de Sonora. El Primer Jefe, que llagaba procedente de esa entidad, no tenía muy buena impresión de Maytorena, ni la tenía de Riveros, y en esto último deben haber influido jefes revolucionarios sinaloenses. En un banquete que se le ofreció en Culiacán, don Venustiano planteo el desconocimiento de Riveros, ya que de acuerdo con el Plan de Guadalupe no se reconocían a los gobiernos que aceptaran el régimen de Huerta, y en ese caso estaba el de don Felipe, que lo reconoció en un manifiesto que expidió el 5 de marzo de 1912. Carrasco, que se encontraba entre los asistentes, se puso de pie y le dijo:



Oiga jefe, si usted quita el “hueso” a Riveros, que el pueblo se lo ha dado, yo me volveré zapatista y no me saca usted de aquí ni con perros de buena raza.



Juan no era amigo del gobernador, pero miraba en el al mandatario legítimamente electo por voluntad popular, así que al día siguiente, en una junta de los jefes militares, el señor Carranza convino en dar su reconocimiento al gobierno de Felipe Riveros.

La toma de Culiacán por las fuerzas al mando del Gral. Alvaro Obregón, dejaron el campo abierto para que los constitucionalistas pusieran sitio a Mazatlán, donde los federales se habían hecho fuertes, y en esta acción de guerra, Juan Carrasco jugo un papel muy destacado. Para entonces, Angel Flores ya no militaba bajo sus órdenes, pues, ascendió a coronel, se le había dado el mando del 6° batallón, mientras que Juan lucia en el sombrero el águila del generalato.

Terminada la lucha contra los huertistas, vino el desacuerdo entre los constitucionalistas, que dio origen a la convención de Aguascalientes. Carrasco, antes de partir a la ciudad hidrocálida, fue a la capital de la República donde se entrevisto con el Primer Jefe, y en la plática que sostuvieron, tras de preguntar a don Venustiano si era su deseo que asistiera a la convención, y luego que Carranza le contestara que eso era de su absoluta incumbencia, le expreso:



Mire Jefe, esa convención de Aguascalientes no es mas que un nido de alacranes. De allí no saldrá nada bueno. Ya lo vera. Así es que, como usted me deja en libertad de acción, de plano le digo que no voy. Me marcho a Sinaloa y allá estaré a sus órdenes. Si algo malo resulta, como me supongo, váyase con migo […]



Emocionado, el varón de Cuatro Ciénegas despidió a Juan con un fuerte abrazo.

El jefe sinaloense, fiel a su palabra, no asistió a la convención, aunque en Guadalajara nombro como su representante ante la misma a un periodista apellidado García Torres, y de aquella ciudad marchó a Sinaloa, en donde había sido designado jefe de las armas y le esperaba una dura labor, toda vez que el gobernador Riveros, que se inclinaba al villismo, tenia dificultades con los jefes revolucionarios. De inmediato, Juan escribió a don Felipe una larga carta en la que entre otras cosas le decía:



He estudiado bien la situación, y amigo como soy de la justicia, por más que seguramente algunas veces me equivoco, creo que el señor Carranza tiene la razón, y que todos sus actos se encaminan a salvar a la patria.

Reflexione usted, señor gobernador, en todas las consideraciones que dejo hechas, y poniéndose la mano en el corazón, declare que el señor Carranza no se ha desviado en lo mas mínimo de la ruta. Es cierto que en el mes de febrero del corriente año, debido a las quejas que se presentaron en contra de usted, trató de retirarle el Ejecutivo del estado, pero también es cierto que bastaron dos palabras mías y de los compañeros para que no se le molestara en lo mas mínimo y que se le dejara en el poder, disfrutando de todo su apoyo […]

Pero seguramente usted no considero que mi amistad tenía sus límites y estos consisten en poner, por encima de la amistad y de las personas a quienes aprecio y quiero, la honradez que he sabido conservar en todos mis actos de ciudadano humilde; y no considero ni honrado, ni moral, ni político, que después de haberle ayudado a usted ante el señor Carranza para que lo dejara en el poder, ahora desconozco al señor Carranza, sin que exista ningún motivo fundado, ni mucho menos justificado.

Mis actos, pues, no son incondicionales. Hasta hora creo haber obrado por razones de justicia, y tengo el propósito de seguir siempre por este camino.

Espero no vera en mis palabras mas interés que el de salvar a usted de caer en nuevos errores, que quizás sean aconsejados por amigos que no han meditado bien las cosa, ni pensando en la gravedad de ellas […]



Riveros hizo caso omiso de los conceptos de Carrasco, y el 23 de octubre envió un mensaje a los jefes militares para que se sumaran al villismo, y en el mes de noviembre, acompañado de algunos militares y miembros de su gobierno abandonó el estado por la sierra de Durango.

Ya deslindados los campos, a Carrasco toco luchar contra los villistas en el sur de la entidad y en territorio nayarita, y fuero épicos los combates que sostuvo con el aguerrido Rafael Buelna. El choque con la gente de villa –que había avanzado hasta Villa Unión- se escenificó en el combate de Piedra Bola, en el que la brigada Carrasco obtuvo la victoria, haciendo retroceder a los villistas hasta Escuinapa. Mas luego vino la gran ofensiva iniciada por Buelna. En febrero de 1915, las fuerzas de Grano de Oro se encontraron en La Muralla con los carrancistas, y tras un duro combate en el que estas fueron derrotadas, se apoderaron del estratégico sitio que les permitió impedir el avance de las tropas al mando de Iturbe y Carrasco. Durante 3 meses, la gente de Villa se sostuvo allí, liberando combates con los constitucionalistas, más la falta de parque los obligo a concentrarse en Tepic. La última acción se verifico el 9 de abril, y en esta ocasión, Carrasco y los suyos derrotaron completamente a los villistas, persiguiéndolos hasta Acaponeta. Después de la campaña de Nayarit, Juan y sus hombres pasaron al norte del país y participaron en la famosa batalla de Tierra Blanca, en la que el villismo sufrió un rudo golpe; también estuvieron en la defensa de Torreón, donde dieron una lección de heroicidad y hombría.



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