Martín Luis Guzmán habla de Juan Carrasco
 

General Juan Carrasco

Juan Carrasco, Caballero de la Lealtad
"El General Juan"
“La Muerte del Caballero de la Lealtad”
Martín Luis Guzmán habla de Juan Carrasco
“El General Humano”
“Carrasco Figura Non”
Martín Luis Guzmán habla de Juan Carrasco
 
“El Ranchero Alegre”

Mucho tiempo después habrían de contarme, a propósito del general Juan Carrasco, la graciosa salida suya que me lo hizo simpático para siempre. (Viniendo una vez de Guadalajara a México, un oficial de su estado mayor le pregunto al pasar el tren sobre el puente del rió Lerma: “¿Qué rió es esté, mi general?” A lo que Carrasco respondió: “Este, hijo, es el rió grande. Lo llaman así porque se le cuenta entre lo muy muy enorme del mundo. Según creo yo, solo el Mesesipe lo supera”.) Pero la verdad es que ya entonces me interesaba el guerrillero sinaloense como tipo representativo de uno de los aspectos de la revolución.

Por aquellos días su nombre sonaba a menudo cerca de nosotros. Aparte sus acciones guerreras, no había quien no hablara en Culiacán de los entusiasmos prolongadísimos con que celebraba él los últimos triunfos revolucionarios, muy en particular la toma de la capital del estado por nuestras fuerzas. Cierta mañana lo vi pasear por las principales calles en entera concordancia con lo que de él se decía. Iba en carroza abierta, teniendo la carabina a la espalda, cruzada de cananas el pecho y acompañado de varios oficiales masculinos y uno femenino y notorio: la famosa Güera Carrasco. Detrás del coche, a la buena usanza sinaloense, una charanga hasta de cuatro o cinco músicos, se afanaban por seguir el paso de los caballos, sin dar por ello reposo a los instrumentos. Y lo más curioso era que los miembros de la murga, visiblemente rendidos por el doble ejercicio, mostraban menos fatiga que el sequito y el general. El contraste me impresionó y me hizo detenerme para mirar más a mis anchas el espectáculo y sus personajes. De estos, sin duda, el central era Carrasco. Con su esbeltísimo talle, con su cabeza diminuta y su rostro broncíneo, de facciones angulosas, su gran figura dominaba la escena. La Güera –se comprendía en seguida- se esforzaba a su vez por ocupar sitio y llamar la atención; pero en este punto Carrasco la traía hecha añicos. El, pese al cansancio que parecía doblegarlo -y sin pretenderlo ni saberlo quizá-, acaparaba la mirada del público: todos se volvían a ver su cara partida en dos por la línea negra del mugriento barbiquejo y veladas a media por el ala oblicua del sombrero, puesto con garbo.

-Con este –dijo a mi lado una voz- son tres los días que mi general lleva así.

-¿Tres? –inquirí volviéndome, deseoso de saber mas-.

-Tres con sus noches –me respondieron-. En lo cual, si hay pecado, mas va por el poco tiempo que por el mucho ¿Ve usted como anda ya mi general a estas horas? Pues le quedan cinco o seis horas de horizonte risueño. Ahora, que no es de día, sino de noche, cuando el verlo da gusto.

-Y ¿Por qué de noche?

-¡Ah! Porque entonces se le juntan sus soldados.



En los días del sitio de Mazatlán, aledaña al campamento de los revolucionarios se planto una carpa de cómicos de la legua, que entre sus atracciones traía a una cantante joven y guapa. Cierta ocasión en que ésta actuaba, cantó una canción que dice: “¡Tápame, tápame, tápame, tápame, tápame que tengo frió”; y en ese preciso momento entro Juan a caballo, bastante ebrio, y se dirigió hasta el escenario, haciendo que el noble animal pusiera los remos delanteros en el borde del mismo, y arrojándole la cobija a la cantante le dijo: “¡Vente, mamacita, yo si te tapo!”. Los soldados llenaron de gritos y de aplausos el local, y solo la intervención del Crol. Elías Mascareño pudo terminar con el incidente, ya que con un pretexto cualquiera saco a Carrasco de la carpa.

El águila del generalato no le impedía dar rienda suelta a los impulsos de un cierto fondo infantil que permanecía en su inconsciente, y una vez que se encontraba libando con algunos oficiales y jefes, tomo la guitarra y con todo desenfado se puso a cantar: “Carrasco tomó el camino/ sin ningunos embarazos/ y al llegar a Mazatlán/ se agarraron a balazos”. No advirtió que era su propio corrido el que estaba cantando; el corrido que manifestaba la admiración que el pueblo sinaloense tenía por él, era el mejor homenaje que se le había rendido.

Siguinte
Paguina