“El General Humano”
 

General Juan Carrasco

Juan Carrasco, Caballero de la Lealtad
"El General Juan"
“La Muerte del Caballero de la Lealtad”
Martín Luis Guzmán habla de Juan Carrasco
“El General Humano”
“Carrasco Figura Non”
“El General Humano”
 
En un viaje que hizo al Los Angeles, Calif., encontró en una calle al Gral. Alberto T. Rasgado, jefe huertista que había defendido a Mazatlán en los días del sitio, y con cuya gente Carrasco sostuvo encarnizados combates. El jefe revolucionario iba acompañado de uno de sus oficiales, y Rasgado, que reconoció el tiple de voz, les pregunto si eran de Sinaloa, y ante la afirmativa empezaron a hablar de la tierra sinaloense y sobre Mazatlán, y como era natural, la conversación se encauso sobre Carrasco, sobre quien el militar federal se expresó despectivamente, diciendo que le había pegado cuantas veces quiso. La conversación termino, y al despedirse, Juan le expreso: “Yo soy Juan Carrasco, amigo, para lo que se le ofrezca, y me tiene a sus ordenes en El Potrero”.

La calidad humana de Juan se puso de manifiesto en muchas de las veces en que pudo masacrar a prisioneros, y sin embargo, su magnitud se sobrepuso. En uno de sus primeros combates con los federales, a los que derroto, cayeron en su poder varios soldados heridos y un grupo muy numeroso de soldaderas, y lo que hizo fue enviar alas mujeres a Mazatlán a bordo de varios de los carros en que transportaba cal, y evitar que los juanes heridos fueran fusilados. Se ha narrado que durante los combates de La Muralla cayeron 12 soldados constitucionalistas, los que fueros pasados por las armas por la gente de Villa. Poco después, las fuerzas de Carrasco aprisionaron a 25 villistas, pero Juan ordeno que solo se fusilaran a 12 de ellos: uno por cada uno de los suyos que habían sido sacrificados.

Un episodio que pone de relieve lo profundo de las convicciones de Carrasco, es el de su frustrado intento de fusilar al Gral. Felipe Angeles. Como hemos visto, el modesto jefe de El Potrero no era hombre de instintos sanguinarios. Nunca ordeno de manera fría el fusilamiento de persona alguna, ni tampoco su primer impulso fue el de “dénle una quebradita y después viriguan”; sin embargo, en el caso del militar exfederal, su decisión de fusilarlo vino tras de que este hirió hondamente su espíritu de lealtad.

Angeles llegó al campamento de Otates, frente a Mazatlán, y siendo presentado a Carrasco, se convirtió en el huésped de honor de este, y tras de beber unas copas de coñac, le manifestó su deseo de descansar un poco de las fatigas de la campaña en algún sitio tranquilo, a lo que Juan, con toda firmeza, lo invito a que pasara algunos días en poblado de Tepuxta, lugar para el que partieron al día siguiente acompañados de Juan Osuna, que era el jefe de estado mayor de Carrasco. Durante el viaje, la platica verso, -como era natural- sobre la campaña constitucionalista y Angeles no escatimo elogios para su jefe el general Villa y para el propio Juan por sus hazañas como guerrillero, para después comenzar sus insinuaciones encaminadas a que, tomada la plaza de Mazatlán, el revolucionario sinaloense se incorporara a la División del Norte, pues no era posible que continuara militando bajo las órdenes de Ramón F. Iturbe, a quien califico como jefe sin prestigio. Al Gral. Angeles, educado en el Colegio Militar y que había desempeñado varias funciones en Europa, no debe haberle parecido difícil convencer a un hombre ignorante como era Carrasco, y continuó su labor de insidia contra don Venustiano Carranza, sobreponiendo a este la figura de villa, quien según su opinión reunía mas meritos para jefaturar el movimiento revolucionario; pero su sorpresa fue muy grande cuando Carrasco lo paro en seco diciéndole:



Vale mas que se calle, general, porque si me sigue usted insistiendo en que desconozca al Primer Jefe, lo voy a mandar fusilar, aquí mismo.



Angeles callo, y el viaje continúo en silencio hasta que llegaron a Tepuxta, donde se hospedaron en casa de una familia apellidada Portillo.

Juan fue visitado por numerosos amigos y para la media noche las botellas sacrificadas eran bastantes; sólo el Gral. Angeles se había retirado muy temprano a sus habitaciones para rumiar su fracaso. Carrasco estaba ebrio por el alcohol y la ira le dominaba al recordar las insinuaciones del general villista, y cuando se hallaba bajo los efectos de la borrachera era paz de cualquier cosa, así que llamo a Juan Osuna y le dijo:



¿Oíste, Juan, lo que me venia diciendo Angeles? –Sí, mi general; y usted, ¿qué opina de eso?- Pues yo creo que debemos cortar por lo sano fusilando a este amigo. Fíjate que ya viene agitando a los revolucionarios para hacer otra revolución, cuando todavía no acabamos con ésta.



Se quedo pensando, y al rato dijo a osuna: “Toma cinco hombres y fusílalo”. Aquél hizo algunas objeciones, pero Juan le dijo: “Sino haces lo que te mando, tú vas hacer el fusilado, ándale”. Osuna fue a despertar a Angeles y a decirle lo que pasaba, y rápidamente, el jefe villista abandono el poblado y partió rumbo a Otates. Al día siguiente, aun con los vapores del alcohol en e la cabeza, Carrasco pregunto a Osuna: “Oye Juan: ¿qué paso con Angeles? Así lo voy a seguir procediendo con todos esos hijos de la…”. Ya mas tarde, el Crol. Osuna explico a Carrasco lo que había pasado, y como este se encontraba ya lúcido, no dio mayor importancia a lo sucedido.

Una de las más amargas experiencias de Juan -la que marco su destino- la tuvo en la enemistad con Angel Flores, antagonismo que él no buscó, sino que partió de su exsubordinado. Don Angel, que era capataz de estibadores en Mazatlán, tuvo que huir del puerto a causa de sus ideas revolucionarias y fue a buscar protección con Carrasco; además, sabemos que cuando este partió a San Blas con miras de entrevistarse con Iturbe, le reservó el grado de teniente coronel, que logró le fuera concedido. Sin embargo, Flores -que tenía su propia personalidad-, o bien no averiguaba deseos de seguir como subordinado, desde un principio sintió celos de la pintoresca personalidad de Juan, a quien sus tropas adoraban por la sencillez de carácter, en contraste con el suyo propio, que era austero, además que tenia una mano e hierro para manejar a su gente. Don Luis Zúñiga, en su folleto Carrasco en la revolución, narra que las divergencias entre los dos jefes se iniciaron en Bamoa, ya que allí, flores quiso sonsacar a varios de los hombres para que se marcharan con él; intento que fracaso, por lo que tuvo que dar disculpas a su superior, y después, en Angostura, convenció a 12 soldados que habían sido cargadores en Mazatlán, para que desertaran y lo acompañaran, maniobra que también le falló. En el sitio de Mazatlán, Flores dejo de estar a las órdenes de Carrasco, pues fue ascendido a coronel y se le dio el mando del 6° batallón, y de allí en adelante forjo una brillante carrera que le gano el águila de divisionario y que Alvaro Obregón lo conceptuara como el mejor soldado de la revolución. Años más tarde se enfrentaron como candidatos al gobierno del estado, más desgraciadamente. Juan que permaneció leal al régimen del señor Carranza, quedo sin mando de fuerzas, políticamente mal y visto con ojeriza por los vencedores, mientras que su enemigo, que se distinguió como decidido colaborar en el movimiento de Agua Prieta, se puso en los cuernos de la luna. Carrasco se encerró en El Potrero, pero las intrigas en su contra fueron creciendo y tenia encima la amenaza de la gente de Flores, pues inclusive se pensó en asesinarlo. Hubo intentos de reconciliación, mas luego venia de nuevo el distanciamiento. En una ocasión, un grupo de señores del puerto llego a El Potrero para convencer a Juan de que debía presentarse ante su antagonista, entonces su respuesta fue muy sinaloense: “¡Díganle a Flores que vaya y ch…!”.

La situación fue tensándose cada día que pasaba. Juan tuvo que salir de El Potrero para ocultarse en el monte, custodiado por sus hombres. Sin ningún tapujo, se ordeno el cateo militar de la casa de Carrasco, y un buen día, este amaneció en La Noria al frente de 300 hombres, pues había tomado la decisión de salir de Sinaloa para ir a México a presentarse. Las fuerzas federales tendieron una cortina, mas pudo burlarla y durante varias semanas se mantuvo librando tiroteos. En Culiacán, el Crol. Mateo de la Rocha, bravo entre los bravos, recibió la orden de ir a batir a Juan. Cuando se dirigía a la estación de ferrocarril, un viejo amigo y compañero de armas le pregunto que adonde iba y con su peculiar acento serrano le contesto: “A perseguir a Carrasco”, para enseguida justificarse diciendo que Juan era su amigo, tenia que obedecer las órdenes que se le habían dado. Tal vez mateo nunca pensó que ni el ni Juan volverían por sus pies a Sinaloa: el 29 de agosto de 1922 murió en El Tablón peleando contra los Carrasquistas, y el 22 de noviembre siguiente, Juan, sencillamente Juan, caía acribillado en El Guamuchilito.



Esa tarde enmudecieron

las guitarras, y el camino

lloró la ausencia del hombre

valiente, duro y altivo…

Siguinte
Paguina